Con el corazón en la garganta
apenas puedo pronunciar palabra.
Y aunque por momentos me tiemble el pulso
siempre me lleno de tinta los dedos.
La enormidad de toda una vida
me ha dejado sin fuerzas.
Sobrevivir a todo. Sobrevivirme a mí...
Aquella pequeñaja se asustó tanto, tanto, tanto, que se pasó la vida corriendo
en cualquier dirección.
Se acostumbró a fundirse en las cortinas,
a apagar su voz para no despertar las iras.
Ella sólo quería paz y acabó ahogándose en mares que no conocía.
Ella sólo buscaba consuelo y terminó buscando sus cielos en cualquier pared de madrugada.
Aprendió que el amor dolía, que no era hogar.
Y huía.
Ella huía.
Se creyó que no podía, que no valía, que no merecía...
Esa niña valiente guardaba sus palabras en cualquier trozo de papel, en las teclas de un piano, en algún rincón oscuro donde nadie la pudiese ver llorar.
Y así se pasó la vida.
Llorando sin llorar.
Intentando pasar desapercibida aunque sus ojos no la dejaran de verdad.
Porque dentro, ahí dentro, ardían sus ganas.
Y ese incendio que no pudo apagar,
que la consumía sin piedad,
hoy es ceniza.
Esa niña hoy respira en el cuerpo agotado
de una mujer que, finalmente,
supo apagar las llamas.
Esa niña hoy me mira de frente.
Porque aunque nos llevara una vida,
lo hicimos.
Ella fue mi más grande maestra y yo una buena soldado de primera que juró bandera
y lealtad a esta cosa tan inmensa que supone ser. Y estar.
Ahora... Ahora viene el mar.
El mío.
Toca nadar en aguas tranquilas.
Dejarse flotar y que el sol me arrope mientras.
Toca empezar.
No de cero. De verdad.
Toca vivir.
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