domingo, 31 de mayo de 2026

Que sí.

 Qué piensas si te digo, 

si te cuento

que para mi,

de los instantes que me encuentro,

todos riman en tiempos

que a veces nadie más 

mide como siento

porque yo sólo los sé vivir.

Y si te digo

que ni quiero, ni puedo

ni intento convertir 

lo que ya es.

Hay una belleza rarísima 

en existir.

Y estar vivo...

Eso no hay cuerpo

que lo rellene.

Porque lo normal

es tener que morir

y que el alma te sobrevuele las cenizas.

Y ahí... Ahí es cuando pesa.

Yo pude verlo.

Suerte la mía 

que ahora ya puedo vivir

sin necesitar más que aire y sol,

lluvia y barro,

campo y música.

A veces no hay que morir.

A veces... La vida dice que sí.





In situ.

 



Heartbeats.

jueves, 28 de mayo de 2026

La niña de las dunas

 

Había una vez una niña que parecía hecha de viento y arena.


No era una niña triste.

Tampoco una niña especialmente silenciosa.

De hecho, hablaba mucho, hacía reír, inventaba historias y tenía esa extraña facilidad para que el mundo girara un poquito a su alrededor sin proponérselo siquiera.


Pero había algo raro en ella.


Algo que casi nadie sabía ver.



La niña de las dunas sentía demasiado.


Sentía el calor de las personas como si fueran soles. Sentía los enfados antes de que las palabras aparecieran. Sentía la tristeza escondida en los ojos de los adultos. Y sentía también la belleza pequeña de las cosas: los pájaros al amanecer, la arena cayendo entre las manos, las sombras largas de los chopos, el ruido de las cucharillas en los bares tranquilos.


Todo le atravesaba.


Todo.



Al principio creyó que todo el mundo era así.


Pero pronto descubrió que no.


Los demás parecían soportar el ruido mejor. Las prisas. Las luces. Los gritos. Las mentiras pequeñas que la gente decía para convivir.


Ella no entendía cómo podían hacerlo.


Así que empezó a aprender.


Aprendió a reír en el momento correcto. Aprendió a parecer fuerte. Aprendió a hablar alto. Aprendió a ser líder. Aprendió a esconder el cansancio. Aprendió incluso a beber un poco para que el mundo hiciera menos ruido.


Y como era muy inteligente, aprendió demasiado bien.


Tanto…

Que durante muchos años nadie sospechó cuánto le costaba sostener el personaje.


Ni siquiera ella misma.



Pero había momentos.


Pequeños momentos donde la verdadera niña volvía a aparecer.


En el piano. En el campo. En los perros dormidos. En los paseos sola. En las noches de aire fresco. En la música escuchada con los ojos cerrados. En las dunas.


Sobre todo en las dunas.



Una tarde, durante un viaje del colegio, una profesora la grabó sin querer descubrir un secreto.


La niña estaba sola.


No porque nadie la quisiera. Ni porque estuviera apartada.


Simplemente estaba siendo.


Sentada sobre la arena caliente, con gorra y gafas de sol, dejaba caer puñados de arena entre las manos como quien intenta escuchar un idioma antiguo.


Luego se levantó.


Y empezó a rodar colina abajo ella sola, riéndose en silencio, mientras el viento le llenaba la ropa de arena.


Aquella grabación persiguió a la niña durante años.


No podía verla. Le daba vergüenza. Algo dentro de ella quería pasar rápido ese fragmento.


Porque intuía que ahí estaba la verdad.


Y todavía no estaba preparada para verla.



Pasaron muchísimos años.


La niña se hizo mujer. Trabajó. Condujo carreteras eternas. Se adaptó. 

Sobrevivió. Amó profundamente. Se perdió muchas veces.


Y un día, agotada de correr tan lejos de sí misma, decidió parar.


Al principio creyó que se estaba rompiendo.


Pero no.


Lo que estaba ocurriendo era otra cosa.


La armadura empezaba a caerse.



Entonces volvió a las dunas.


No físicamente.


Por dentro.


Y allí la encontró.


La niña seguía sentada en la arena, exactamente igual que siempre, esperando con infinita paciencia.


No estaba enfadada.


No preguntó por qué había tardado tanto.


Sólo levantó la vista y sonrió como sonríen los seres que nunca dejaron de amar.


Y la mujer entendió por fin algo que le cambió la vida para siempre:


que nunca había estado rota.


Sólo había pasado demasiados años intentando sobrevivir en un mundo que le enseñó a esconder su verdadera naturaleza.



Desde aquel día, la niña de las dunas ya no volvió a desaparecer.


Ahora camina despacio. Escucha pájaros. Busca sombra en verano. Dice que no cuando lo necesita. Y a veces todavía se sienta sola a tocar arena entre los dedos.


Pero ya no se esconde.


Porque por fin alguien la reconoció.


Ella misma.

domingo, 24 de mayo de 2026

De pie

 Lo primero que oí fue una risa limpia;

de las que te vibran el pecho.

Una risa de las que curan, de repente 

y sin más locura que la de haber entendido 

un chiste malo.

Lo segundo que escuché fueron ocho pasos exactos.

Una distancia más que prudente.

Unos metros caprichosos que juraban

lealtad a la miopía de todo lo que

nos nubla y casi que imaginamos.

Lo tercero que toqué fue mi piano;

el escudero de mi vida, siempre fiel 

a mis delirios y a mis manías.

Siempre del corazón a los ojos cerrados.

Ésas son mis partituras. 

Desfase de años y caminar.

Pero preciso en el pulso.

Impecable. Majestuoso.

Lo cuarto, un camino nuevo

que me había ido conquistando

sin que yo pudiera hacer más 

que andarlo.

Sin contar.

Sin mirar más allá de donde mis pies miraban al sur; en ese grado que siempre

me llevaba a mí, antes que al nueve.

Lo quinto es que aprendí.

Aprendí a vivir

sin más querer que la vida misma.

Porque sólo cuando me perdí 

pude recoger cada pedazo

y pulir los restos de estaño

que no dejaban pasar la luz.

Mi luz.

Y puedo decir, aun con dolor, aun con amor,

que siempre lo supe.

Que lo que se fue y no vino, es tan sólo otro camino.

Es que yo ya voy conmigo.

Que lo que tuve, bien retuve

Y ya no quiero seguir corriendo, 

que se me ha pasao volando 

y mi camino es de paseo, de andar tranquila

viendo chopos y olivos, escuchado pajarillos y el cogote al sol.

Mi camino, que ya es mío.

Con el corazón afinao 

que no me tiemblen los tobillos.

Voy.

Voy de pie.





domingo, 17 de mayo de 2026

Ve tranquila

 

Resolverme la vida

entre derroche, fatiga y espanto.

Ver con estos ojos que ahora brillan

tanto dolor...

Sentir con este cuerpo cansado

el peso de sostener tantas vidas...

Sentarme en el suelo y admirar la fuerza

de un corazón inquebrantable que resistió

heridas de muerte y muertes heridas de horror.

Y para qué, al final...

Para poder sentir todo aquello que siempre evité sin saber que me restaba las cuentas.

Sin saber que aquello no era todo.

Para poder saber.

Para poder vivir.

Porque la guerra no entiende de amor.

Y yo ya me había licenciado.

Tan grande y a la vez tan pequeña...

Tan frágil y a la vez tan inmensa...

No puedo sino arrodillarme.

Clavar mis rodillas en el suelo

y dejar que me atraviese todo el dolor.

Toda la fuerza, todo el temblor de esa niña pequeña que siempre fue mi motor.

Un angelito precioso que quiso arreglarlo todo

y aprendió a versar antes que a habitar para que las olas no se la llevaran, mecidas por sus rimas...

Que su piano guardaba aquella clave de sol

en donde sus manos inventaban mundos mejores.

Que sus sueños habían creado el mejor parador de montaña en el que pasarse la vida.

Y mientras ese angelito soñaba, su cuerpo magullado y su corazón malherido reclamaban.

"Los tiempos no perdonan, pequeña."

Y despertó.

Ahora ve tranquila. Ya estoy aquí.

Yo recogeré tus juguetes.

Tú descansa tranquila, al fin, que nunca nada más te moverá de tus líneas y tus compases de impar a par.


Te lo prometo.


Ya no me voy más.

viernes, 15 de mayo de 2026

Recuerdo...

 Me parte el pecho sentir cuánto me faltas.

Recuerdo tus manos como si las hubiera tocado ayer.

Y tus ojos... Tus ojos.

Siempre grandes para ver.

Para ver más de lo que yo jamás pude permitirme.

Tú siempre me viste; ésa es la verdad.

Recuerdo el peso de tus brazos rodeándome el cuello.

Recuerdo cómo se sentían mis manos en tu cintura.

Recuerdo dormirme escuchando tu voz...

Recuerdo tu risa. Y tu olor.

Recuerdo ver salir el sol entre cortinas y tu cabeza en mi corazón.

Recuerdo tu mano agarrando la mía.

Aquel abrazo.

Aquel adiós.

Y las piezas que guardé bajo llave

siempre estuvieron a salvo.

Son de las dos.

Recuerdo una sonrisa de vuelta y un "por qué ahora" que me sentenció; y yo sólo quería que estuvieras.

Yo sólo quería que supieras que seguías latiendo.

Que ni el tiempo ni el dolor habían podido contigo.

Recuerdo silencio.

Recuerdo el shock.

Y más silencio.

Y yo, sin saber lo que pasaba, sentía terror.

Pero callé.

Era la costumbre.

La costumbre de decir adiós antes de que me rompiesen con la puerta.

Hasta que esa puerta me rompió.

Y recuerdo aquellas líneas.

Hojas que cayeron en otoño para que yo siguiese buscando calabazas con las que decorar mi desatino.

Siete meses de locura y rendición.

El tramo final de una maratón de vida.

Y amaneciendo en tránsito, sin tus besos, sin tu olor... Sin pajarillos que nos despierten cada mañana... 

Sin tu cuerpo tras de mi, agarrándome para que no me vuelva a ir...

Sin tus labios.

Sin tus risas.

Sin haber cumplido mi promesa.

Sin habitación con chismes y sin piano que acompase tanto amor...

Sin esa coordenada exacta en la que mi cuerpo se encuentra con el tuyo y se acaba el horror.

Si supieras cómo me aprieta la garganta deseando encontrar tu voz...

Si supieras cómo se me mueve el alma...

Si supieras...

Que crucé y me encontré.

Y lo que quiero que pase después, que te lo cuenten mis ojos.




Que sí.

 Qué piensas si te digo,  si te cuento que para mi, de los instantes que me encuentro, todos riman en tiempos que a veces nadie más  mide co...