Cada roto en la piel de mi espalda
era un latigazo de suponeres
que me arrancaban el aliento
por más hondo que suspirara.
Qué pequeña me siento.
Qué torpe.
Absolutamente indefensa ante una legión
de para qués
que me pesa en el alma.
Porque no sé qué responder.
Y tampoco me quedan ganas.
Este gris sinsentido
me arrebata las palabras
para que sólo me consuelen lo necesario.
Sí... Ese hilito corto a lo que supone
estar viva.
O simplemente ser, ser viva.
Yo no sé qué más.
Finalmente, me quedé sin fuerza.
O tal vez, la justa para señalar
este otro tramo del camino.
El tramo.
La goma tensa, brillando cerca de la rotura.
Justo ahí.
Justo ahí duele.
Justo ahí, espanta.
¿Qué soy, si no un remolino de intenciones?
Repasando cada curva y cada monte del camino.
Justo ahí es lo que hiere.
Justo ahí, lo que algún día sana.
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