Desde aquí, las vistas son plenas.
No hay edificios que den sombra;
no hay salida de emergencia.
No hay más puerta que la de este corazón machacado
que, aún con todo, sigue latiendo
con tanta fuerza
que, por momentos, me ahoga.
He visto fantasmas reales,
con cadenas y sábanas rotas,
paseándose muy cerca de mí.
He visto al monstruo
y dejé que me estrangulara lo suficiente
como para culpar a Dios
y a las estrellas que antes me guiaban.
No puedo sino seguir viendo
el desfile del final de la batalla;
hay más sangre
de la que un cuerpo necesita.
Yo no quiero ver más de lo que ya he visto.
No necesito saber más de lo que ya sé.
No ahora.
Tal vez, tampoco después.
Lo único que sé
es que quien amanece en mis mañanas
se atrevió a dormirse en alguna de mis camas.
(Tengo tantas… Imagina).
Una vida sembrando paz desde mi almohada,
calmando mares que me llevaban a la deriva,
que me mecían
para que todo aquello que tanto dolía
no se notara tanto.
Una gran embestida me dejó
despojada del mundo y la ilusión,
tirada en una orilla, bella y triste,
en la que sólo estaba yo.
No existe consuelo
cuando habitas el momento.
Sea cual sea.
Ése es uno de los precios:
saberte vista y no entendida.
¿Y de qué me sirve a mí
tanta historia y tanta herida
si yo ya sólo quiero vivir?
Vivir en paz.
Nadie sabe lo que cuesta eso.
Y porque vengo pagando
toda mi vida ese impuesto
al corazón, a la nobleza y a ser vivida,
sólo sé ahora
que no quiero más fantasmas,
ni más cuentos de tinta seca,
ni más fantasía fuera de mis líneas.
Quiero verdad,
que es lo que siempre fui
aunque mi herida barajara posibilidades y variables
sin más sonrisa que una impostada,
para que nadie sospechara.
Yo no pacté nada.
Yo sólo quería estar bien
y que todo lo que me rodeaba
estuviese en paz.
No me salió bien.
Culparme sólo sirve
para que ese acordeón
que llevo tatuado en el pecho
entienda dónde estamos ahora.
Y no, no es bonito.
Y nunca lo fue
aunque yo lo disfrazara.
Esa niña que fui
y que vuelvo a ser ahora
sólo quería dormir tranquila,
que nada más se estropeara.
Ahora que intuyo la luz al final,
que veo la salida,
que estoy a días de cerrar la puerta de esta cárcel,
algo dentro de mí no deja que descanse:
la mala costumbre.
Nadie sabe cuánto duele,
cuánto aprieta el alma
cuando se te ha caído la vida entera encima.
Nadie sabe,
porque nunca nadie me vio.
No me sirven fantasmadas.
Voy sabiendo qué quiero
y los de mi alrededor se asustan
al verme en silencio.
Quieta. Doliendo.
De pie y, en algún momento, sentada.
Nadie sabe lo que fui,
lo que hice
y cuánto mata.
Y ahora vivir
es una cuesta arriba
para la que me siento poco
y cansada.
Ya no quiero más ventanas
si no entra luz:
esa luz que me despierta cada mañana
con el cuerpo entero vibrando tan fuerte
que apenas soporto respirar.
Y, aun así,
yo tengo mis motivos.
Tal vez eso sea lo que me salva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario