jueves, 2 de abril de 2026

Lo que siempre fui

 

Desde aquí, las vistas son plenas.

No hay edificios que den sombra;

no hay salida de emergencia.

No hay más puerta que la de este corazón machacado

que, aún con todo, sigue latiendo

con tanta fuerza

que, por momentos, me ahoga.


He visto fantasmas reales,

con cadenas y sábanas rotas,

paseándose muy cerca de mí.

He visto al monstruo

y dejé que me estrangulara lo suficiente

como para culpar a Dios

y a las estrellas que antes me guiaban.


No puedo sino seguir viendo

el desfile del final de la batalla;

hay más sangre

de la que un cuerpo necesita.

Yo no quiero ver más de lo que ya he visto.

No necesito saber más de lo que ya sé.

No ahora.

Tal vez, tampoco después.


Lo único que sé

es que quien amanece en mis mañanas

se atrevió a dormirse en alguna de mis camas.

(Tengo tantas… Imagina).


Una vida sembrando paz desde mi almohada,

calmando mares que me llevaban a la deriva,

que me mecían

para que todo aquello que tanto dolía

no se notara tanto.


Una gran embestida me dejó

despojada del mundo y la ilusión,

tirada en una orilla, bella y triste,

en la que sólo estaba yo.


No existe consuelo

cuando habitas el momento.

Sea cual sea.

Ése es uno de los precios:

saberte vista y no entendida.


¿Y de qué me sirve a mí

tanta historia y tanta herida

si yo ya sólo quiero vivir?

Vivir en paz.

Nadie sabe lo que cuesta eso.


Y porque vengo pagando

toda mi vida ese impuesto

al corazón, a la nobleza y a ser vivida,

sólo sé ahora

que no quiero más fantasmas,

ni más cuentos de tinta seca,

ni más fantasía fuera de mis líneas.


Quiero verdad,

que es lo que siempre fui

aunque mi herida barajara posibilidades y variables

sin más sonrisa que una impostada,

para que nadie sospechara.


Yo no pacté nada.

Yo sólo quería estar bien

y que todo lo que me rodeaba

estuviese en paz.

No me salió bien.


Culparme sólo sirve

para que ese acordeón

que llevo tatuado en el pecho

entienda dónde estamos ahora.

Y no, no es bonito.

Y nunca lo fue

aunque yo lo disfrazara.


Esa niña que fui

y que vuelvo a ser ahora

sólo quería dormir tranquila,

que nada más se estropeara.


Ahora que intuyo la luz al final,

que veo la salida,

que estoy a días de cerrar la puerta de esta cárcel,

algo dentro de mí no deja que descanse:

la mala costumbre.


Nadie sabe cuánto duele,

cuánto aprieta el alma

cuando se te ha caído la vida entera encima.

Nadie sabe,

porque nunca nadie me vio.


No me sirven fantasmadas.

Voy sabiendo qué quiero

y los de mi alrededor se asustan

al verme en silencio.

Quieta. Doliendo.

De pie y, en algún momento, sentada.


Nadie sabe lo que fui,

lo que hice

y cuánto mata.

Y ahora vivir

es una cuesta arriba

para la que me siento poco

y cansada.


Ya no quiero más ventanas

si no entra luz:

esa luz que me despierta cada mañana

con el cuerpo entero vibrando tan fuerte

que apenas soporto respirar.


Y, aun así,

yo tengo mis motivos.

Tal vez eso sea lo que me salva.


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