Ojalá supiese cuál es el camino correcto
en el que todo lo que me había contado
deja de doler y de pincharme el corazón.
Lo lucho cada instante.
Coordenadas cruzadas que comprendo
con una claridad que, por momentos,
aterroriza al más valiente.
Yo no sé cómo he llegado viva hasta aquí
cuando sólo tenía ganas y fuerzas
de apagar la luz para siempre.
Por lo menos, aquí.
Ya me dejé morir en cientos de ocasiones
y me trajeron de vuelta,
con más carga en la espalda
y más heridas en las rodillas.
Ahora, ese morir
es un llanto ahogado entre el pecho y la garganta
que me grita que no es justo;
que no me merezco esta escalera rota
de tiempos pasados y presentes;
que el futuro no me resuelve las cuentas.
Resurjo de un infierno que ni sé nombrar,
más sola y más conmigo,
con lo exigente que se me ha puesto el corazón.
Quienes me rodean
reaccionan a mi quietud externa
con respeto, con cierta preocupación.
Otros usan la información para dañarme
y dejarme por los suelos
con golpes bajos que no son reales.
Ya puedo ver sin nubarrones
lo que tanto me ha costado.
Estoy muy cansada
—eso no era lo normal en mí—.
No discuto por falta de razón (no la quiero);
callo, respiro y suelto.
Pero dentro, el cuerpo dice “esto no”
y yo le pido tregua:
déjame salir de aquí,
respirar un aire distinto,
dormir sola en una cama que sienta mía.
Permíteme atravesar estas ruinas
sin perder la cordura
ni la poca ilusión que me viste.
Y, aunque casi sin ropa,
despojada de lo que fue mi bandera,
sólo me quedo yo.
No sé si al final recuperaré la luz.
Regalé tanta; me arrancaron sonrisas.
Me cuesta galaxias no dejarme llevar
por la idea de que todo sale mal,
porque así salió siempre.
Hay fantasmas que se esconden,
sátiros que tolero por mero tránsito…
Y yo, tan cansada,
no quiero nada que no sea amor.
Y ese amor está caro.
Al parecer, no me gané el golden ticket.
Y, como yo siento el amor,
ése es el coste mayor:
nadie lo supo nunca.
Nunca.
Porque nadie —repito—
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