Tanto amor...
Tanto sentir...
Tanto correr a contracorriente
para ahora caer y no poder vivir
porque no había nada más que yo
al otro lado.
Todo lo que siempre quise, lo que tanto anhelé, lo que me levantó durante años de la cama... Siempre fui yo.
Sólo yo.
Disfracé tantas miradas que confundí tierras yermas y ríos secos. Y olvidé que siempre pongo comas de más.
Me pasé.
Me pasé la vida soñando un sueño que acabó siendo la pesadilla que tanto temí y por la que tanto dividí mis versos.
Que no hay ni eco que recoja una simple palabra de ruego, una súplica o un perdón por haberme dejado la vida por el camino.
Tanto amor y para qué.
Para ahora no poder, no querer y no comprender.
Para ahora ni siquiera creer.
He dejado las certezas por el camino; que no me confundan más, que yo siempre me paso.
Sólo tengo esto. Sólo tuve partes de lo que ahora ya empiezo a ser.
Y... Era tan inmenso que tuve que sacarlo y vestirlo de primavera.
Maldita primavera.
Para que mi corazón no reventara.
Para que mis poemas tuvieran sentido.
Para que mis labios creyeran cuentos que nunca se contaron de verdad.
Me rompí en tantos cachitos que ahora no me caben en el cuerpo y la mayoría acabaron anoche en la basura.
¿Más vacía?
Sí.
Pero con más verdad.
Y duele. Y sí, sobre todo si duele.
Ya no me castigan mis principios
ni me ahoga la falsa espera
de este corazón noble que sólo supo amar a costa de mí; a pesar de la mentira y gracias al desastre.
Nunca hubo más que todo aquello que necesité inventar para no morir del todo.
Qué pérdida de tiempo, de vida y de verdad.
Nadie sabe, nadie nunca sabrá porque esa compuerta del alma cerró para lo que queda, sea lo que sea.
No me voy más.
Sostendré esta caída de velo hasta que tenga que pasar ese último instante en el que ya sí me vaya de verdad.
En cuerpo y alma, sin dividirme más.
Volver a la casa original.
No me creo nada más.
Sólo a mí, que, al final, he sido lo único real que he tenido siempre.
Sea.
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