Intenté curar los destrozos
de la vida
con jirones de alma
que fui arrancándome sin pestañear.
Y si dolía, me consolaba que al otro lado
había alivio.
Logré sonrisas y lágrimas
en cuerpos que nunca fueron míos.
Crucé océanos enteros
buscando una señal en el cielo
que me confirmara que todo iba bien.
Mi pobre Majesty. Mi GRAN Majesty.
De verdad que luché con todas mis fuerzas
porque aquel timón girara en la dirección correcta...
Pero, ¿qué iba a saber yo, si jugaba
con manos y pies atados?
La niebla que me llevaba a la deriva
conseguía que aquellos golpes
no se notaran tanto, aunque dolían igual.
O más. Tal vez más.
No sé cuánto hace del último bastión,
tampoco me importa.
Mi última bandera ondea con cierta sobriedad, pero ya no hay viento
que la rasgue.
Después de todo, mi amor siempre fue real.
Aunque no sirviera, aunque se quedara a medio gas... Aunque jodiera más que arreglara... Mi motivo, mi único motivo, siempre fue amar.
Amar bien.
Y eso que no me salen las cuentas...
Pero hay algo inmenso que ya no se va.
Y aunque me haya dejado la vida entera,
aunque por momentos sólo quiera morirme y que acabe ya...
Esa capacidad de amar... Ésa es mi bandera.
Ese "tanto amor" del que siempre me voy a quejar es lo que me mantiene viva.
No hay más.
No hay perdices ni rosas rojas ni una conclusión a la que llegar.
Yo, finalmente, he podido varar en esa calita
lejana, sin ruido de más... Aunque sólo venga de madrugada, aunque sólo yo quiera estar...
Y ya no sé qué más porque no espero más nada de donde yo no sé encontrar.
Y ésas son mis palabras.
Lo que ahora sólo puedo habitar
sin que nada me nuble el sentido y la sensibilidad.
No sé si llegué entera.
Y no me importa.
No tengo más nada que buscar.
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