Y qué.
Y qué si duele y apena y se rompe en mis manos si sólo pretendo hablar.
Y qué.
A quién más le importa
todo eso que me drena y me desgana.
Y qué.
Qué me cuentan de la vida si nunca conocieron el infierno.
Mi puto infierno.
Quién me va a mostrar ahora
por dónde se llega.
Si nunca nadie me vio
y lo que ven ahora
no es lo que realmente pasa.
Veis fuerza? Yo desahucio.
Veis pena. Eso sí lo veis todos.
El consenso más triste de la historia.
De mi historia.
El desgaste de una vida entera
entregada a no sé cuántas imágenes reflejadas en la cueva.
Ninguna real. Ninguna mía.
Y yo regalando mis cielos y mis estrellas
a cualquiera que pasara por allí a tirarme alguna colilla.
Y toda una vida después,
después del desastre,
de la batalla campal,
tengo que recoger la mierda de otros
y dejar vacío lo que nunca debió habitarse.
No porque deba,
tan sólo porque quiera.
Por dignidad.
Porque me debo esa paz
que ahora vive en forma de vacío.
Porque perdí lo único
que no había perdido nunca
y ahora no sé dónde está.
Fuerza.
Resiliencia.
Claridad.
Y debajo de todo eso, estoy yo.
Eso no lo ve nadie.
Porque no.
Nunca nadie lo vio.
Nunca nadie me vio.
Ahora empiezo a verme yo
y mi cansancio no me permite mucho más que llorar
y eliminar los besos que di pensando que sentía.
Porque pensé mucho.
Y sentí aún más.
Pero no en paralelo.
Y el recuerdo de tanto tiempo derivado
me agota más.
Ya no quiero seguir bailando.
Estoy empezando a caminar
y me cuesta un universo.
No me voy a entretener más.
Atravesaré lo que me queda
mientras intento salir viva del cuento.
Y si no,
igualmente yo ya he vivido.
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