Lo primero que oí fue una risa limpia;
de las que te vibran el pecho.
Una risa de las que curan, de repente
y sin más locura que la de haber entendido
un chiste malo.
Lo segundo que escuché fueron ocho pasos exactos.
Una distancia más que prudente.
Unos metros caprichosos que juraban
lealtad a la miopía de todo lo que
nos nubla y casi que imaginamos.
Lo tercero que toqué fue mi piano;
el escudero de mi vida, siempre fiel
a mis delirios y a mis manías.
Siempre del corazón a los ojos cerrados.
Ésas son mis partituras.
Desfase de años y caminar.
Pero preciso en el pulso.
Impecable. Majestuoso.
Lo cuarto, un camino nuevo
que me había ido conquistando
sin que yo pudiera hacer más
que andarlo.
Sin contar.
Sin mirar más allá de donde mis pies miraban al sur; en ese grado que siempre
me llevaba a mí, antes que al nueve.
Lo quinto es que aprendí.
Aprendí a vivir
sin más querer que la vida misma.
Porque sólo cuando me perdí
pude recoger cada pedazo
y pulir los restos de estaño
que no dejaban pasar la luz.
Mi luz.
Y puedo decir, aun con dolor, aun con amor,
que siempre lo supe.
Que lo que se fue y no vino, es tan sólo otro camino.
Es que yo ya voy conmigo.
Que lo que tuve, bien retuve
Y ya no quiero seguir corriendo,
que se me ha pasao volando
y mi camino es de paseo, de andar tranquila
viendo chopos y olivos, escuchado pajarillos y el cogote al sol.
Mi camino, que ya es mío.
Con el corazón afinao
que no me tiemblen los tobillos.
Voy.
Voy de pie.

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