Había una vez una niña que parecía hecha de viento y arena.
No era una niña triste.
Tampoco una niña especialmente silenciosa.
De hecho, hablaba mucho, hacía reír, inventaba historias y tenía esa extraña facilidad para que el mundo girara un poquito a su alrededor sin proponérselo siquiera.
Pero había algo raro en ella.
Algo que casi nadie sabía ver.
La niña de las dunas sentía demasiado.
Sentía el calor de las personas como si fueran soles. Sentía los enfados antes de que las palabras aparecieran. Sentía la tristeza escondida en los ojos de los adultos. Y sentía también la belleza pequeña de las cosas: los pájaros al amanecer, la arena cayendo entre las manos, las sombras largas de los chopos, el ruido de las cucharillas en los bares tranquilos.
Todo le atravesaba.
Todo.
Al principio creyó que todo el mundo era así.
Pero pronto descubrió que no.
Los demás parecían soportar el ruido mejor. Las prisas. Las luces. Los gritos. Las mentiras pequeñas que la gente decía para convivir.
Ella no entendía cómo podían hacerlo.
Así que empezó a aprender.
Aprendió a reír en el momento correcto. Aprendió a parecer fuerte. Aprendió a hablar alto. Aprendió a ser líder. Aprendió a esconder el cansancio. Aprendió incluso a beber un poco para que el mundo hiciera menos ruido.
Y como era muy inteligente, aprendió demasiado bien.
Tanto…
Que durante muchos años nadie sospechó cuánto le costaba sostener el personaje.
Ni siquiera ella misma.
Pero había momentos.
Pequeños momentos donde la verdadera niña volvía a aparecer.
En el piano. En el campo. En los perros dormidos. En los paseos sola. En las noches de aire fresco. En la música escuchada con los ojos cerrados. En las dunas.
Sobre todo en las dunas.
Una tarde, durante un viaje del colegio, una profesora la grabó sin querer descubrir un secreto.
La niña estaba sola.
No porque nadie la quisiera. Ni porque estuviera apartada.
Simplemente estaba siendo.
Sentada sobre la arena caliente, con gorra y gafas de sol, dejaba caer puñados de arena entre las manos como quien intenta escuchar un idioma antiguo.
Luego se levantó.
Y empezó a rodar colina abajo ella sola, riéndose en silencio, mientras el viento le llenaba la ropa de arena.
Aquella grabación persiguió a la niña durante años.
No podía verla. Le daba vergüenza. Algo dentro de ella quería pasar rápido ese fragmento.
Porque intuía que ahí estaba la verdad.
Y todavía no estaba preparada para verla.
Pasaron muchísimos años.
La niña se hizo mujer. Trabajó. Condujo carreteras eternas. Se adaptó.
Sobrevivió. Amó profundamente. Se perdió muchas veces.
Y un día, agotada de correr tan lejos de sí misma, decidió parar.
Al principio creyó que se estaba rompiendo.
Pero no.
Lo que estaba ocurriendo era otra cosa.
La armadura empezaba a caerse.
Entonces volvió a las dunas.
No físicamente.
Por dentro.
Y allí la encontró.
La niña seguía sentada en la arena, exactamente igual que siempre, esperando con infinita paciencia.
No estaba enfadada.
No preguntó por qué había tardado tanto.
Sólo levantó la vista y sonrió como sonríen los seres que nunca dejaron de amar.
Y la mujer entendió por fin algo que le cambió la vida para siempre:
que nunca había estado rota.
Sólo había pasado demasiados años intentando sobrevivir en un mundo que le enseñó a esconder su verdadera naturaleza.
Desde aquel día, la niña de las dunas ya no volvió a desaparecer.
Ahora camina despacio. Escucha pájaros. Busca sombra en verano. Dice que no cuando lo necesita. Y a veces todavía se sienta sola a tocar arena entre los dedos.
Pero ya no se esconde.
Porque por fin alguien la reconoció.
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