Y, de repente, aquella alarma dejó de sonar.
Y no quedaban pasillos largos que recorrer,
las paredes no dejaban pasar más que puro silencio.
La luz se filtraba por cada rincón de aquella casa.
No había nada que vigilar.
Era raro.
La pequeña guerrera no tenía más batallas que librar y no sabía descansar ni sentándose en el suelo.
Tras haber resuelto la gran guerra, aquel enemigo voraz, ese dragón malvado, se había quedado sin oxígeno y el fuego ya sólo lo quemaba a él.
Esa niña había crecido entre los muros de aquella mazmorra y apenas conocía poco más que los reflejos del cielo que veía en algunas de las ventanas.
Ahora era una mujer. Sin miedo.
Y no sabía por dónde empezar.
Preguntaba y se cuestionaba por qué aquel infierno había sido tan largo.
Pero nadie sabía responder.
La gente se asombraba ante su entereza, ante lo que ella sólo podía ver como el final de una vida de castigo.
Todos ellos admiraban su fortaleza y ella no comprendía bien por qué.
Al final, consiguió aquello por lo que se dejó toda su vida: que no se quemara nadie.
Que no sonara el disparo.
Que esa bestia no matara a nadie más.
Para ella no había épica ni festivo.
Consciente de sus arrestos pero prudente ante la celebración de no se sabía bien qué.
Ella observaba todo a su alrededor y sólo veía huecos y vacíos.
Cansancio en piernas y espalda.
Corazón agotado.
Los demás sonreían con verdadera emoción, como si hubiese vuelto de entre los muertos.
Ella se miraba las manos y los brazos.
Arañazos, moratones, cicatrices dibujando un mapa que resultaba ser esa espiral, ahora vista desde el centro.
Comprendió que había terminado.
Y que ahora... En esa casa llena de luz, sólo tenía que descansar aunque ella no supiese bien hacer eso.
Héroes de guerra y su convalecencia.
Latidos tranquilos que marcan compases desconocidos.
Todo era nuevo.
Y ella... Ella ya no era el escudo de nadie.
Ella, sin darse mucha cuenta, se había hecho mujer por el camino y había dejado sin sol a quien siempre le robó la vida.
Ella, ahora, empieza a conocer una paz distinta a lo que había conocido antes.
Muy quieta, muy sin nada...
Aún demasiado vacía de todo lo de antes.
Pero, por fin, llena de lo que siempre escondió bajo su capa para que aquel dragón malo no se lo arrebatara.
Aquí.

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