Y que mis versos sigan pintando el inicio de nuevos senderos,
adonde quiera que me lleven;
porque ya me conozco los desvíos de los infiernos
y ahora, como las polillas, sólo voy a la luz.
Y mis alas comprendieron que debían reposar
y recuperarse de tanto quiebro y tanta estocada.
Que después de todo en mis tiempos
siempre vibró la misma nota.
Que incluso habiendo mudado la piel
en mis ojos se sigue reflejando la misma luz.
Y que aunque ahora mis manos no tengan la fuerza suficiente
de acariciar esas teclas con la sutileza que siempre me vistió,
pronto esas notas volverán a insistir
en salir a dar paseos y ver la luz del sol.
Soy la misma que siempre escribió;
la misma que cantaba a media voz
y se escuchaba al otro lado del charco.
La misma que comprendió
que al final era el amor
quien me habitaba el alma.
Que por eso tal vez nunca huyó del todo.
Que ni el parón pudo borrarme las caricias.
Que el terror me arrebató instantes, momentos
y algún que otro perdón.
Que la vida me pasó por encima
y aunque aún duela,
yo no quiero más alturas.
Que salí del torreón para vivirme entera.
Que ya no muero de dolor.
Que sólo quiero incisos de premura
que me sigan llevando con Dios
a esa cima que los hombres pintan de lejos.
Soy la misma que rezó.
Pero dejé atrás esa espada
para no volver a ver el brillo
de lo que no pasó.
Dame aire, alma mía,
que la tierra ya la pongo yo.
Dame fuego, dame vida,
que el agua que me corre por el cuerpo ya cumplió.
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