Resolverme la vida
entre derroche, fatiga y espanto.
Ver con estos ojos que ahora brillan
tanto dolor...
Sentir con este cuerpo cansado
el peso de sostener tantas vidas...
Sentarme en el suelo y admirar la fuerza
de un corazón inquebrantable que resistió
heridas de muerte y muertes heridas de horror.
Y para qué, al final...
Para poder sentir todo aquello que siempre evité sin saber que me restaba las cuentas.
Sin saber que aquello no era todo.
Para poder saber.
Para poder vivir.
Porque la guerra no entiende de amor.
Y yo ya me había licenciado.
Tan grande y a la vez tan pequeña...
Tan frágil y a la vez tan inmensa...
No puedo sino arrodillarme.
Clavar mis rodillas en el suelo
y dejar que me atraviese todo el dolor.
Toda la fuerza, todo el temblor de esa niña pequeña que siempre fue mi motor.
Un angelito precioso que quiso arreglarlo todo
y aprendió a versar antes que a habitar para que las olas no se la llevaran, mecidas por sus rimas...
Que su piano guardaba aquella clave de sol
en donde sus manos inventaban mundos mejores.
Que sus sueños habían creado el mejor parador de montaña en el que pasarse la vida.
Y mientras ese angelito soñaba, su cuerpo magullado y su corazón malherido reclamaban.
"Los tiempos no perdonan, pequeña."
Y despertó.
Ahora ve tranquila. Ya estoy aquí.
Yo recogeré tus juguetes.
Tú descansa tranquila, al fin, que nunca nada más te moverá de tus líneas y tus compases de impar a par.
Te lo prometo.
Ya no me voy más.
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